Cuando mi cuerpo era más pequeño y mi alma mucho más grande, no pasaba ni uno solo de mis días sin soñar despierto, y ni una sola de sus noches sin que se lo contara a las estrellas. Es realmente curioso y digno de estudio y análisis, como conforme vas creciendo y te vas haciendo mayor, dejas de tener fe en tus sueños, en la magia, y en la confianza necesaria para hacer que sucedan esas cosas, que con tanta facilidad ocurrían en los cuentos que en nuestra infancia nos acompañaban cada noche, llevándonos de la mano hasta que caíamos rendidos.

Todo, absolutamente todo, nos resultaba interesante. La habilidad con la que mamá preparaba el desayuno, su sonrisa cuando nos vestía para ir al colegio, la forma en la que giraba la cabeza una vez que creía que ya no mirábamos, para asegurarse de que caminábamos felices y con paso firme y seguro hacia nuestra clase, la fuerza con la que papá nos tomaba de la mano para cruzar la calle, el beso de tu hermano para curar el rasguño de tu rodilla, fruto de un juego algo más reñido de lo deseable, el cálido abrazo de nuestros abuelos, el sol, el viento, la lluvia, las plantas, los animales …¡Qué emocionante era todo! y ¡Qué ganas de vivirlo!. Pero un buen día, de repente, y sin previo aviso, vamos olvidando escuchar a nuestro niño interior, y ese castillo de cristal comienza a resquebrajarse y a derrumbarse.

En realidad, existen millones y millones de teorías, todas ellas bien sustentadas desde el punto de vista del fracaso, el dolor, las barreras, las limitaciones etc. que nos explican desde distintos puntos de vista por qué los sueños tienen tamaño, forma y fecha de caducidad. Y es, en esos momentos, en los que me vienen a la mente personas de carne y hueso, tan reales como tú y como yo, que en un momento de sus vidas tuvieron un sueño, una idea, una visión, y no solo tuvieron el valor desoñarlo, sino que además adoptaron, la fortaleza, la ilusión, el optimismo y el entusiasmo de llevarlo a cabo y hacerlo realidad, y ese, sin lugar a dudas, el material del que tienen que estar hechos los sueños.

 

Tus sueños y ganas de vivir cuando eres pequeño

Permíteme que te pregunte algo: ¿Qué te hace levantarte por las mañanas?, ¿Qué te inspira en tu día a día? ¿Qué te dibuja una sonrisa en la cara? ¿Alguna vez has deseado algo con todas tus fuerzas? Si tienes algo que te despierta por las mañanas, que despliega tu imaginación, que te hace sonreír y llorar de alegría, si alguna vez has querido algo con todo su ser, eso es sin duda, la chispa vital, el germen, el origen de un sueño, ¿Por qué perdemos entonces las ganas de soñar? Te lo diré, es sin ningún atisbo de incertidumbre por la emoción más temida del ser humano; el miedo.  Esta emoción que, aunque muchas veces olvidemos, todos los seres humanos la experimentamos a lo largo de nuestra existencia, es seguramente la emoción más difícil de manejar, las más temida, de la que menos nos gusta hablar y la más limitadoras de todas nuestras emociones. El amor lo sonríes, lo cantas, lo recitas; el dolor y la tristeza lo lloras; la rabia y la ira la gritas, pero el miedo es oscuro, incierto y vil. Se queda atrapado sigilosamente en lo más profundo de tu ser y ahí se va haciendo más y más fuerte. En una ocasión leí que en esta vida solo se puede vivir desde el amor o desde el miedo, que frase más maravillosa y cuanta sabiduría hay en ella.

Es en este punto, cuando tenemos que decidir tomar consciencia de nuestra vida y plantearnos esta dicotomía. A partir de hoy mismo, ¿De qué manera voy a vivir? ¿Viviré desde el miedo, desde la costumbre, la comodidad y la ilusión del bienestar? O por el contrario viviré desde el amor, desde el cariño, la pasión y la magia de los sueños. ¿Te sientes libre de decidir, o algo te lo impide? Una vez un buen amigo mío me dijo: “La libertad es algo que nos han vendido a un alto precio y que nos roban poco a poco cada día de nuestra vida” a lo que le respondí: “Entonces sueña amigo mío, ¡sueña! pues es solo en tus sueños cuando tienes total libertad”.

En 1929 nació una mujer increíble llamada Elisabeth Klüber-Ross. Esta reconocida psiquiatra ha pasado a la historia y se hizo famosa porque dedicó gran parte de su vida a acompañar a personas que estaban muy enfermas en los últimos momentos de su vida. Ella les proporcionaba comprensión y quietud. Les escuchaba en su último aliento y una de las cosas más importantes que cuenta en sus libros, es que cuando la gente tomaba consciencia de que su tiempo en la tierra llegaba a su fin, una de las cosas en las que coincidían es que no se arrepentían de los errores que habían cometido a lo largo de sus vidas, sino más bien de las cosas que no habían vivido, las acciones que no se habían arriesgado a hacer por una serie de circunstancias.

Antoine de Saint-Exupéry, en su libro “El principito” decía dos frases realmente inspiradoras: “El hombre adulto, ha olvidado que una vez también fue un niño” y “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.Te invito a que a partir de hoy te tomes todos los días un tiempo de reflexión contigo mismo y que sientas con toda tu alma y con todo tu ser cuales son las cosas esenciales para ti en tu vida, esas que como decía el principito son imperceptibles a los sentidos y que solo nuestra alma dicta. Todos, sin excepción, nacemos con una serie de aptitudes que con el tiempo vamos tornando en habilidades para realizar una serie de tareas que nos ayuden a generar nuestros actos. Crea grandeza con tus actos a través de la realización de tus sueños y vive la vida que siempre has imaginado y que no te ocurra lo que en su preciosa cita decía Henry David Thoreau de que llegues al momento de tu muerte sintiendo que no habías vivido.

Ya para terminar, solo me gustaría compartir contigo una última cosa: Sueña por favor, no dejes nunca de escuchar a tu pequeño ser interior y no dejes de tener sueños; grandes o pequeños, despierto o dormido, pero sueña, y cuando sueñes hazlo con el corazón porque sólo él lo dotará de magia, y ya se encargará tu mente de darle forma y tus pies de recorrer el camino en su realización.

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Te veo en el camino!!, un abrazo.

Álex García