No importa de dónde vengas en esta vida, ni las armas que tengas o las habilidades innatas con las que nacieras. Ni siquiera importa tu inteligencia ni lo bien que te prepares para los problemas de nuestra existencia. En algún lugar y en algún momento de tu camino, cometerás un error que te hará caer y sentir, que ya nada merece la pena, que todo está perdido y que tu esfuerzo ha sido en vano.

Vivimos en una cultura y en un mundo que nos lanza continuamente mensajes contradictorios sobre lo que es el éxito y el fracaso. Nos hemos criado en una cultura que, por un lado, recompensa de sobremanera los aciertos de las personas y magnifica el concepto de éxito desde un punto de vista tóxico y ficticio. Mientras que, por otro, castiga el error, condenando a las personas de tal manera que ellas mismas consideren la derrota como algo negativo.

Lo peor de que nos condenemos a nosotros mismos y que tengamos un diálogo interior insano y basado totalmente en el rechazo es que nos situamos en el plano de lo que el psicólogo Rafael Santandreu llama “terribilitis”, que consiste en categorizar lo que nos acaba de ocurrir de “muy malo” y “terrible”. Como algo de unas dimensiones que somos incapaces de gestionar porque tiene una importancia que escapa a nuestro control y raciocinio.

Cuando esto sucede pasamos inconscientemente a una postura de víctimas y automáticamente nuestro cerebro se centra únicamente es buscar culpables. Nos preguntamos ¿Quién ha sido? En lugar de concentrar todas nuestras fuerzas y energías en preguntarnos ¿Qué puedo hacer para aprender y mejorar esa situación?

Una realidad bastante curiosa que nos sucede a todas las personas y que creo que forma parte del amplio abanico de opiniones que tiene el ser humano, es la creencia de que la gente es sólo el conjunto de aquello que vemos y las acciones que llevan a cabo.

Existe una herramienta en el mundo del coaching, que se llama “Pirámide Neurológica” que creó y se encargó de desarrollar uno de los principales divulgadores de la PNL, el norteamericano Robert Dilts y que representa muy bien esto último que hemos expuesto. Este instrumento nos explica que las personas somos como Iceberg. Al igual que estas enormes masas de hielo, las personas estamos compuestas por una cúspide que parece muy pequeña y que se encuentra por encima del agua (lo que vemos) y el resto, que es el mayor porcentaje de nuestra composición, es aquello que está por debajo del agua (lo que no vemos) y que también constituye una parte muy importante de lo que somos como personas.

¿Qué es lo que ocurre entonces? La mayoría de nosotros definimos lo que un individuo es en sí, solo con lo observamos a través de nuestros ojos o percibimos a través de nuestros sentidos. Solo prestamos atención a lo que vemos de los demás, sus acciones y sus actitudes, pero no nos paramos a pensar en el resto de componentes que no vemos y que también forma parte de dicha persona, como pueden ser sus aptitudes, sus creencias y sus valores. Es por todo esto que cuando nos encontramos con personas de éxito tenemos en cuenta lo que nuestros ojos nos muestran. Solo apreciamos todo aquello que nos reportan nuestros sentidos, pero no tenemos en cuenta la lucha interna que tienen esas personas para llevar a cabo sus acciones y tampoco somos conscientes de que ellos también tienen necesidades, también tienen carencias como seres humanos y que en algún momento de sus vidas ellas también cometieron errores y también se tuvieron que sobreponer a esas caídas.

Estoy totalmente convencido de que una de las principales características que poseen las personas que tienen éxito en la vida es la de resurgir de sus propias cenizas y reinventarse. Son personas que poseen lo que yo considero la “Triada del Ave Fénix”:

Humildad, para reconocer sus errores y aceptar su imperfección. Son conscientes de que todos, en algún momento de nuestras vidas, tenemos algún tipo de carencia que nos lleva a cometer fallos. Este tipo de personas tienen claro que el ser humano es una fuente inagotable de ideas y que el poder de una buena idea reside en la persistencia y en la continua sed de conocimientos.

Imaginación, que usan para reinventarse a ellos mismos y buscar soluciones viables a esos posibles deslices que hayan podido cometer. A través de la fantasía, el ser humano es capaz de trazar caminos que no existían y que luego se encargan de llevar a la vida real. Una definición de emprendedor que adoro y que me parece de una belleza increíble es aquella que dice:

“Emprendedores son las personas que tienen los pies en el suelo y la cabeza en las nubes”

Coraje y determinación, para tomar fuerza de flaqueza y levantarse para volver a comenzar a caminar. Los grandes líderes de la historia no tuvieron en cuenta las veces que cayeron sino más bien se centraron en encontrar mecanismos que les permitieran sobreponerse a las derrotas. Y una de las cosas que tenían muy presentes era el final de su camino. No perder de vista su propósito. Su meta. Y el para qué querían conseguirla.

Existen una cantidad ingente de ejemplos vivientes y casos de personas que supieron afrontar los fracasos de una manera modélica. Por citar uno, nos centraremos en la figura de uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia como es el mítico Michael Jordan. Esta figura mundialmente conocida, asegura de una forma categórica y rotunda cómo ha sido a lo largo de su exitosa carrera su relación con el fracaso:

<< He fallado más de nueve mil tiros a canasta en mi carrera profesional y, además, he perdido trecientos partidos. Por si esto fuera poco, en veintiséis ocasiones se confió en mí el tiro a canasta que iba a decidir un partido y lo fallé. He fracasado una y otra vez a lo largo de mi vida. Sin embargo, sigo saliendo a la cancha y por eso he triunfado >>.

Jordan

Uno de los principales artífices de este pensamiento imperante es nuestra propia cultura y el miedo que se nos inculcan a no fallar, a no equivocarnos y a que las personas que tienen éxito en nuestros días no cometen errores.

Cuando en nuestro cerebro creamos esos tipos de paradigmas que se basan en la perfección, vamos creando barreras mentales que nos llevan a una serie de sensaciones y de reflexiones que nos generan unas emociones que limitan en mayor manera nuestro desempeño, nuestra consecución de objetivos y metas en el camino hacia nuestros sueños.

Llegados a este punto, una visión interesante y esperanzadora de afrontar nuestros fallos para poder levantarnos, seguir aprendiendo y no hundirnos en las arenas movedizas del fracaso, seria plantearnos esta pregunta: Esto que me acaba de suceder ¿Es una tragedia? ¿Es un desastre? Es decir ¿Es algo que alberga algún tipo de solución? O por el contrario ¿nada ni nadie puede solucionarlo? Yo opino que un desastre es algo que no es reversible. Un ejemplo de algo trágico o funesto sería por ejemplo los desastres naturales, los accidentes ecológicos, la muerte etc. Situaciones en las que las consecuencias de sus acciones ya no tienen marcha atrás. Solo en estos casos los errores están condenados a la derrota y la única manera de afrontarlos sería la aceptación incondicional de que no podemos cambiar las cosas, para evitar frustrarnos y sumirnos en lo que yo llamo la ira de la sensación de injusticia.

Me viene a la mente la oración que recitan los asistentes a las reuniones de alcohólicos anónimos y que rezan al principio de las sesiones y que dice así:

“Señor, dame coraje para cambiar las cosas que puedo cambiar. Serenidad para aceptar todo aquello que no puedo. Y sabiduría para distinguir entre ambas”.

Cuando aceptamos que hay cosas que ya no podemos cambiar y aprendemos que todo lo demás es susceptible al aprendizaje del cambio, nuestra mente experimenta una sensación de libertad que muy rara vez consigue experimentar el ser humano. Es entonces cuando descubrimos que todos los errores tienen un sentido y una finalidad. Esta idea nos hace tomar renovadas fuerzas para conseguir levantarnos y emprender de nuevo la marcha.

Una solución que podíamos poner en práctica cuanto antes seria plantearnos los errores desde el punto de vista de la curiosidad, el asombro y la sorpresa o como lo planteaba el filósofo británico Alan Wats, << la sabiduría de la inseguridad>>. Cambiemos de una vez por todas la concepción derrotista del fracaso y veámoslo desde el punto de vista de la aceptación incondicional, el asombro, la curiosidad y la imaginación al servicio de la acción. De esta manera nos abriremos un nuevo camino hacia La vida.

Hay unas preciosas palabras, que sirven para arrojar un poco más de luz sobre la idea de “volver a salir a la cancha”, que escribió el poeta estadounidense Robert Frost y que dicen más o menos así:

“Todo lo que he aprendido acerca de la vida se podría resumir en dos palabras: Sigue adelante”

Sigue adelante

Cada vez que sientas que no puedes más. Que tu cuerpo no responde y que no tienes fuerzas para continuar el camino, recuerda que dentro de ti existe una parte de héroe que aun desconoces.  Solo por la curiosidad del ¿Qué pasará? te recomiendo que te alimentes de esa fuerza, que cures tus heridas y como decía el poeta …

Que siguas adelante.

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Te veo en el camino!!, un abrazo.

Álex García